Querida
Verónica, me contenta saber que te han gustado mis cartas, pero he estado
gravemente enfermo estos últimos días, creo que como nunca lo había estado, por
ello me he ausentado de ti tanto tiempo, aunque está de más decirte que siempre
de una u otra forma te llevo en mi corazón. La muerte es algo complejo y simple
al mismo tiempo, por una parte sabemos que vendrá en cualquier momento y por
otra entendemos que es de los conocimientos que poseemos el más difícil de
asimilar, y otra aún más interesante es saber que podemos dar muerte a muchas
cosas de nosotros mismos sin perder la vida. Pienso ocasionalmente en Sócrates
al plantearse que nadie sabe a ciencias ciertas si es mejor estar muerto que
vivo.
Recuerdas,
Verónica, cuando me decías que si yo no estaba a tu lado tu vida carecería de
sentido. Hoy tiene sentido y no moriste (ni yo tampoco), así que el tiempo
parece sanar (aunque a veces no lo parezca) hasta las heridas más profundas si
nosotros se lo permitimos. Con gran dolor muchas veces te recordé y llegó en
cierto momento a mutar mi sentimiento al rencor. Pero aquí una gran verdad que
me reveló mí no amar por ti, pues ¿cómo es lógico pensar que del amor al odio
hay un solo paso si ambas naturalezas son absolutamente equidistantes? Quien
odia a quien amó debe asumir que de verdad nunca le amó.
Ahora
bien, mientras pensaba en esto no podía dejar de venir a mi mente el amargo
recuerdo de tu posición al momento de separarnos; te habías vuelto en tan solo
días más fría y dura de lo que habías sido mientras estuvimos juntos. Pareciera
que sin importar cuanto hiciera y hablara contigo no generaba ningún cambio en
tu actitud. Ya habías renunciado interiormente a intentar salvar todo aquello,
y ahí justo ahí es donde se concibe la peor de las muertes. La del corazón.
Hoy en día
puedo entender que debí renunciar a mi apego por ti y no forzar todo aquello a
través de psicologías baratas que buscaban reenamorar lo que era propicio dejar
reposar. Pero era tanto mi temor de perderte si te daba ese espacio que
inconscientemente pedías con tu tan frío “YA NO TE AMO”, que por egoísmo te
obligué a intentarlo cuando ya había muerto en tu corazón la posibilidad de
volver a corto plazo. Cada intento te alejó más de mi mano hasta perderte por
completo.
La noche
me resulta tan fría cuando pienso en esos momentos, Verónica, que aun suelo sentarme
a compartir una que otra plática con tu recuerdo. Pero entre todas las
meditaciones con el fantasma de mi pasado he entendido como habrás notado en
las cartas anteriores lo que hizo que fracasara nuestro crédulo amor, pero también
se presentó ante mí un ¿Qué debí de haber
hecho como pareja para no perderte?; ante todo aceptar mi realidad, éramos
infelices, el enamoramiento se había extinguido y no nos amábamos; yo deseaba
intentarlo pero no sabía cómo, y tú ya querías darte un tiempo lejos, pues ya
no sentías nada por mí más que el aprecio que dejan los besos y los buenos
momentos. Por otro lado debí dejar mi egoísmo a un lado y escucharte e intentar
entender cómo te sentías tú, no debí pensar en terceros y en lo que dirían de
nuestro fracaso que hace meses se presentaba como un cuento de hadas, pero
principalmente debí hablarte, hablarte al corazón, donde no todos pueden
escuchar. Pues ¿cuantas veces estuvimos juntos y nos sentimos solos?, ¿cuantas
veces aunque caminábamos de la mano nos encontrábamos a kilómetros de
distancias?, solo hubiese podido escuchar a tu corazón si lo que sentía por ti
era amor y no apego idealista. Mi tan querida Verónica, cuan duro ha sido el
camino para aprender a amarte.
Has
notado, Verónica, que el fin último que aspiran los seres humanos siempre es
ser felices y la felicidad se encuentra en la capacidad de amar y ser amado; por
lo que tal fin se presenta a nosotros como trascendente, como algo que nos
supera y no nos deja simplemente parados ante la muerte del cuerpo. Te amaré en la tierra, y más allá de ella,
un día prometí como susurro a tu oído. Y es que si somos capaces de amar,
la vida debe tener otro significado que nacer para morir; por mucho creí que
eras tú quien llenaba de significado mi vida, pero realmente es el amor quien
lo hace. Mira por ejemplo a una madre, la mayoría de ellas asegura que su
felicidad se encuentra en el bienestar de sus hijos, no les importa perder la
vida por asegurar la de ellos, incluso si estos son malos hijos su amor en la
mayoría de los casos es incorruptible. Nueve meses son necesarios para que un
ser humano se acerque a Dios como ningún otro.
Pero nosotros
solo nos deseábamos para nosotros mismos, si yo te planteaba la posibilidad de
separarnos algún día, protestabas intentándome callar esos malos pensamientos. Supongo
que debimos pensar en que si terminábamos lo haríamos por lo mejor para los dos
y no simplemente en que ya no estaríamos juntos. Dime, Verónica, ¿de dónde nos
viene la capacidad de amar?, tiene que existir algo que no las brinde, algo que
vive en cada uno de nosotros inhabitando nuestra alma como una luz capaz de
aparecer aún en los momentos más oscuros y lúgubres de la humanidad. A ese algo
mi amada, lo he identificado como DIOS; y por ende a esto y muchas otras cosas
más que me llevarían muchas páginas describir concibió mi mente a Dios como “Amor”
puro y simple, sustancial y esencial, creador y salvador.
Pero que
complejo se hizo pensar en ti ante tal concepción, pues tendría que aceptar de
cierta manera que nos faltó Dios en nuestra relación para alcanzar la felicidad.
Pero esto es algo que azota mi mente, pues ¿cómo son felices quienes no creen
en Dios?
Verónica,
como un golpe de aire fresco llegó a mí la idea de que siendo sustancialmente
perfecto el amor, no necesita de nada para ser más de lo que es, pues ya es en
sí mismo lo que tiene que ser. AMOR PURO EN ACTO. Por lo tanto el que un ser humano no crea en
Dios no lo hace más o menos Dios, solo hace a la persona más o menos creyente,
de tal forma todo cuanto ame posee un reducto de Dios en su vida.
Las relaciones
se acaban por falta de amor (y no en el contexto simple y cotidiano de la
palabra), por la falta de entendimiento de que no somos ella y yo, si no que
somos Dios, ella y yo. ¿Cómo puede amar una persona a otra sino se ama a si
misma primero?, ¿cómo sabe una persona que ama a otra si nunca ha sido amada
por nadie?; Créeme Verónica que en tantos testimonios e historias he entendido
que al decir YO NO CREO EN DIOS NI LO NECESITO, pero afirmar creo en ti, en lo
que siento por ti y necesito de ti para ser feliz, es como aceptar que no existe
la lluvia pero necesitamos del agua para vivir. Dios no necesita de nosotros para
ser Dios pero nosotros necesitamos de él lo queramos o no para amar. Somos seres
necesitados y nuestra primordial necesidad es amar y ser amados.
Por esto
Verónica hoy puedo decirte con la mano en mi corazón, TE AMO; te amo
profundamente porque aun en la lejanía y sabiendo que compartes vida con otra
persona, siento felicidad al saber que estás bien y te encuentras en tu
proceso de descubrir el amor para dejarlo evolucionar en ti. No te garantizo
que con quien estés alcances la felicidad pero si te garantizo que entendiendo al
amor podrás hacer de tus errores un trampolín y una enseñanza para acercarte a
la felicidad verdadera.
Mi vida y
mi corazón te recuerdan con amor, mi alma suspira por tu recuerdo y mi
sentimiento se ancló a ti más allá del simple apego, pero sobre todo, mi
corazón entendió y aceptó al fin en paz que no tú no eres ni serás para mí
porqué así lo decido yo, pues te amo. Cuanto lamento no haberte dicho a ti y
tantas personas más con la capacidad que poseo ahora un verdadero TE AMO. Pero
pronto volverás a saber de mí, lo prometo.
Quien te ama
Yo.
P.D.: Pronto dejaré de escribirte, ya
me queda muy poco por decirte y mucho por morirme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario